La Posadita

Lo siguiente tiene que ver con mi etapa de Voluntario, una etapa que llenó muchos vacíos de mi vida y que probablemente sea una de las etapas más felices. El dar sin esperar nada a cambio es el ejercicio más difícil que una persona puede hacer, pero es el mejor entrenamiento para un corazón que busca amar de verdad.

Pavo Pavito Pavo

Había pasado un día luego de haber regresado de mis vacaciones, ciertamente seguía un poco triste por haber sido asaltado: pero estaba sano, eso es lo que importa –me consolaba a mi mismo-. Tenía que regresar a esa casa que me abrió las puertas casi dos años atrás luego de dejar de asistir por casi un mes. Carlos, mi hermano, me había dicho: “Los niños preguntan por ti” y yo pensaba que solo lo decía para apelar a mi sentimentalismo y acompañarle a la Posadita.

Allí estábamos los dos, 3pm en punto. Vanesa abrió la puerta como siempre y nos hizo pasar. Allí estaba yo, con ganas de estar con los niños –olvidándome por un rato de que tenía una labor programada como voluntario-, con ganas de jugar y olvidarme del tiempo. Pero la razón, aguafiestas, hizo que me reuniera con mis amigos quienes con una sonrisa me recibieron. Nuevamente decidí estar con los adolescentes, tal vez porque a veces me identifico con ellos. “El tema de hoy es La Amistad…” parecía decir Silvana casi al estilo de “Laura en América”. Mi mente, agotada, se refrescaba en los dibujos y actividades que ella con cariño había preparado para los más pequeños mientras los voluntarios se sumaban y se distribuían en grupos. Todo quedaba listo: César, Johari y yo versus Los Adolescentes.

Antes de empezar, corriendo llegó Charito -y detrás de ella mi hermano-. Ella quería saludarme: me abrazó; no pude evitar cargarla y abrazarla también. La llevé al patio principal en mis brazos mientras ella entonaba ‘mi canción’: “PaVo… PaVo… PaVo, PaVito, PaVo…”. (algo que ella se habría inventado Dios sabrá cómo). Carlos, flipando, se quedó mirando tal escena: Una niña de 5 años recibiendo a un voluntario de 23 como una hija a un padre. Yo contenía por dentro las ganas de quedarme con ella y contarle mis aventuras de todo este tiempo…

Definiciones inspiradas, consejos experimentados, dibujos concéntricos de amistades cada vez más cercanas y, finalmente, un video enternecedor. Todo eso nos hizo reflexionar el trabajo de ese día. Y cuando culminó, me hicieron algunas preguntas sobre mi desaparición y mi viaje al Cusco, viaje que mi hermano había comentado brevemente en mi ausencia.

Luego Carlos apareció con una carta. Los pequeños habían trabajado una carta para un amigo y, seguramente, ya saben quién me dedicó una. Era un sobre que parecía haber sufrido mucho, en su interior guardaba un dibujo de una niña con un ‘señor’ y un cuadrado pequeño. Había también otros dibujos parecidos de un hombre con una niña.

Charito enorme y yo

Dibujo de Charito Enorme y yo

Fui donde Charito a preguntarle qué significaba ese cuadrado y ella me respondió que era mi cámara, con la que solía tomar fotos (mi cámara = mi móvil extraviado). Ella es muy pequeña para entender que ya no tengo ese ‘juguete de grandes’, pero es muy lista como para recordarlo.

Charito, yo con African Look y mi cámara

Charito, yo con African Look y mi cámara

No existe diferencia entre estos niños y otros, no existe barrera entre nosotros y ellos. ¿Por qué están allí y no afuera? Tal vez no sea porque aún no exista cura para el VIH sino porque no existe cura para la indiferencia. Me alegra saber que podemos marcar el camino y me alegra aún más encontrar nuevas caras que se animan a construir ese sendero. Hasta pronto a mis amigos, hasta pronto a mis niños. Porque siempre querré ver crecer a mi grupo ‘B’, con el que empecé. Ver como corren esos ‘bebés’ y como maduran esos adolescentes.

Conclusión

Entré al voluntariado poco después de que culminara mi primera relación larga. Tras varias etapas de dolor, decidí, gracias a una amiga, entrar a un programa de voluntarios en el cual no sólo hacían obras en distintos lugares, sino que también se preocupaban por que los voluntarios crecieran en esa labor personal y espiritualmente. Todo lo que aprendí en cuanto a ‘ser un buen padre’ lo recibí jugando con niños y compartiendo con otros voluntarios. Siempre recordaré con mucho cariño esos juegos y esas sonrisas, esos dibujos y esos domingos que pasaban volando. Y, a la pequeñita del relato, pese a ya no poder verle, espero que sepa lo siguiente: ♫siempre voy a quererte, lo prometo…

Acerca de PaoloCesare

Calmo, analítico, consejero, buen compañero, gran amigo (eso dicen, no les crean). Me atrevo a escribir para compartir y aprender con Uds.
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Una respuesta a La Posadita

  1. Carlos J dijo:

    Aún me acuerdo como si fuera ayer ese día…. ya pasaron varios años y la peque está mucho más grande. Ni tú, ni yo vamos ya a la Posadita, pero creo que cuando lo hagamos nos recibirán con los brazos bien abiertos 🙂

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